top of page
Marce (1).png

Resultados reales de personas como vos.

Historias Clinicas

Ellos también estaban en crisis…

y hoy viven con mayor claridad y disfrute.

Close Up Fashion Portrait_edited.jpg

Marcos

Paciente

Marcos llegó a consulta a los 40 años, traído por su pareja. No había sido una decisión propia: ella insistía en que iniciara un proceso terapéutico porque la convivencia se había vuelto difícil.

Lo describía como profundamente desordenado. Él no lo negaba. Sabía que dejaba objetos en cualquier lugar, que no registraba dónde guardaba las cosas y que, en la práctica, era su pareja quien terminaba sosteniendo el orden de la casa y también su memoria cotidiana.

Vivían juntos hacía diez años en la casa que había pertenecido a sus padres. Trabajaban de manera virtual desde el hogar y compartían muchas actividades. Se conocían desde la secundaria, eran muy compañeros, y Marcos acompañaba a su pareja en casi todo. Sin embargo, la organización doméstica y la gestión de la vida cotidiana recaían principalmente en ella. Él mismo podía reconocerlo: si arreglaba algo, dejaba las herramientas donde terminaba de usarlas; si necesitaba volver a buscarlas, era su pareja quien recordaba dónde estaban. Ella funcionaba como una suerte de memoria externa y de sostén organizador. Él olvidaba. Ella ordenaba. Él acumulaba. Ella encontraba. La consulta comenzó intentando ubicar qué se jugaba en esa modalidad repetida donde el otro quedaba ubicado como auxiliar imprescindible. Primeras escenas: el orden como proximidad Al comenzar a explorar su relación con el desorden, apareció un recuerdo aparentemente menor. Marcos contaba que, cuando era niño, si le regalaban dos juguetes iguales, dejaba uno guardado en su caja original y utilizaba el otro. Uno quedaba intacto, preservado; el otro, disponible para el juego. Su madre era quien organizaba los espacios y se ocupaba de guardar. Al profundizar en esa escena, pudo advertir algo más: necesitaba que todo estuviera cerca. No necesariamente ordenado, pero sí próximo. Aunque no supiera exactamente dónde estaban los objetos, le resultaba tranquilizador saber que estaban “por ahí”, a su alcance. En la vida adulta, esa lógica se traducía en acumulación. Las cosas quedaban dispersas por la casa, pero próximas a su campo visual y corporal. El desorden no era mera desprolijidad: era una forma de asegurar presencia. La escena del extravío El trabajo con esa modalidad lo condujo a un recuerdo que había permanecido olvidado. Siendo niño, caminaba con sus padres por una calle céntrica muy transitada. Al pasar frente a una juguetería, se soltó de la mano de su madre y corrió hacia la vidriera. En ese momento, la calle se llenó de gente por la salida laboral. Quedó separado de sus padres y se perdió. La escena culminó con él en brazos de un desconocido, mientras varias personas aplaudían para localizar a la familia. Finalmente, tras un lapso que estimaba en unos treinta minutos, se reencontró con ellos. Ese episodio permitió una primera asociación: tal vez por eso dejaba un juguete guardado sin usar. Si uno se perdía, quedaba otro. También explicaba el poco cuidado por los objetos en uso: podían extraviarse, pero habría reemplazo. Sin embargo, aunque la escena tenía una carga emocional evidente —el niño que, al ir tras un deseo, se pierde— no alcanzaba a explicar la intensidad afectiva que sostenía su modalidad actual de vida. Había algo más. El núcleo de la pérdida Continuando el trabajo, emergió una segunda escena, mucho más cargada afectivamente. Durante la enfermedad de su madre, Marcos había asumido gran parte de su cuidado cotidiano. Su padre continuaba trabajando largas jornadas fuera del hogar. Él acompañaba la convalecencia, organizaba, estaba presente. El día en que su madre falleció, debió salir brevemente y la dejó al cuidado de una tía. Al regresar, se encontró con que había muerto. Esa escena condensaba una vivencia de pérdida asociada a la ausencia. No haber estado en el momento final había quedado inscrito como una marca silenciosa. A ello se sumaba la reorganización familiar posterior: su padre rehízo su vida y él permaneció solo en la casa. La vivienda quedó detenida en el tiempo, y él también. A la luz de este recorrido, el desorden y la acumulación adquirieron otro sentido: mantener todo cerca funcionaba como un modo de evitar nuevas pérdidas. Si los objetos estaban allí, visibles o al alcance, no desaparecerían. Si el espacio permanecía sin reorganizar, tampoco se moverían los lugares afectivos. Apropiación del espacio y movimiento subjetivo El trabajo sobre estas escenas permitió a Marcos advertir que, aun siendo adulto y propietario de la casa, continuaba durmiendo en su antigua habitación de soltero. El resto de la vivienda permanecía, en gran medida, como había sido en tiempos de sus padres. La casa no había sido verdaderamente habitada por él. A partir de esta toma de conciencia, comenzó un movimiento concreto y simbólico: cambió de cuarto, reorganizó los espacios, redistribuyó objetos, se permitió apropiarse del hogar como propio. No se trató únicamente de ordenar, sino de inscribir una nueva posición subjetiva en ese espacio. Paralelamente, el vínculo con su pareja se reconfiguró. Pudo empezar a decidir en qué la acompañaba y en qué no, diferenciando funciones y responsabilidades. Ella dejó de ocupar el lugar de memoria y organizadora absoluta. Él comenzó a asumir un orden posible, ya no desde la imposición externa sino desde una apropiación interna. Una lectura clínica Lo que inicialmente aparecía como un problema de desorden doméstico reveló, en el proceso analítico, una trama más profunda ligada a experiencias tempranas de extravío y a una pérdida significativa vivida en soledad. La acumulación y la dificultad para organizar el espacio no respondían a mera negligencia, sino a una modalidad de sostén frente al temor inconsciente a la desaparición y a la pérdida del otro. El trabajo terapéutico no se orientó a imponer hábitos de orden, sino a escuchar qué función cumplía ese desorden en la economía psíquica. Al poder historizar y simbolizar esas escenas, Marcos logró desprenderse de una lógica de conservación permanente y comenzar a habitar su presente desde una posición más propia. A veces, lo que en la vida adulta se presenta como desorganización o dependencia del otro encubre intentos silenciosos de evitar pérdidas antiguas. Cuando esas experiencias encuentran un lugar donde ser elaboradas, el sujeto puede, finalmente, empezar a ordenar su vida desde un deseo propio y no solo desde la necesidad de retener lo que teme que desaparezca.

Woman Sitting Alone_edited.jpg

Leticia

Paciente

Leticia llegó a la primera sesión profundamente arrasada por la angustia.Le resultaba difícil sostener el hilo del pensamiento: comenzaba una idea, se desviaba, aparecían otras, y terminaba perdiéndose en un entramado de asociaciones que no lograban organizarse. Según sus propias palabras, “no se reconocía”. Tenía 55 años.
Profesora de yoga, dueña de un comercio propio, económicamente independiente. Había atravesado un divorcio luego de 35 años de matrimonio con un hombre que, aunque presente como proveedor y habitante del hogar, nunca había sido afectivamente disponible. Durante décadas se había sentido sola en las decisiones, en la crianza y en la responsabilidad cotidiana.

Había criado a sus tres hijos apoyándose fundamentalmente en dos mujeres: su suegra y una niñera que funcionaron como sostén afectivo y práctico. Se había casado joven y, a los cinco años de matrimonio, ya tenía tres hijos. Sabía desde hacía tiempo que la relación no era la que deseaba, y la separación había sido una decisión lúcida y compartida. Sin embargo, dos años después del divorcio, algo inesperado ocurrió: comenzaron a aparecer ideas suicidas y una imposibilidad subjetiva de separarse de su ex marido.
No lograba comprender qué le sucedía. Nunca había hecho terapia. Se definía como una persona reflexiva, analítica, muy exigente consigo misma y profundamente empática con los demás. Había estudiado distintas corrientes espirituales y alternativas, practicaba yoga y sostenía una vida activa. No estaba enojada con su ex marido. Podía comprender sus limitaciones afectivas y tampoco sentía rencor por el vínculo. Aun así, la angustia de estar sin él era insoportable. Decía: “Estoy perdida sin él”. Ese significante —perdida— se volvió un eje central del trabajo clínico.
¿En qué estaba perdida? No lo estaba en su vida concreta: trabajaba en un comercio que amaba, daba clases de yoga que la conectaban con su dimensión espiritual y con otros, quería a sus hijos y mantenía un vínculo respetuoso con su ex pareja. Sin embargo, al separarse, algo en su sostén interno se había derrumbado. El apoyo inconsciente que ese vínculo representaba había caído, y con él, la orientación subjetiva que la sostenía.
La angustia no respondía a la separación actual en sí misma, sino al colapso de un andamiaje mucho más antiguo.
El trabajo analítico se orientó entonces a localizar esa sensación de extravío.
¿Dónde había estado perdida antes? A medida que comenzamos a recorrer su historia, emergieron recuerdos de una infancia marcada por el desarraigo. Su madre, proveniente del interior, se vio obligada a migrar a Buenos Aires por trabajo. Durante un tiempo, Leticia y su hermana menor quedaron al cuidado de una vecina que intentó apropiarse de ellas. Finalmente, su madre logró recuperarlas y reunir a la familia en la ciudad. Sin embargo, la adaptación fue abrupta: lejos del pueblo, de la familia extensa y de los referentes conocidos, Leticia quedó prácticamente sola con su hermana en un entorno desconocido. Su madre trabajaba todo el día y, aunque garantizaba el cuidado material, no podía ofrecer presencia afectiva sostenida.
En sus palabras: “Estaba perdida”.

En paralelo a estos recuerdos comenzó a aparecer un sueño recurrente que la despertaba con una angustia intensa: se veía a sí misma de niña, de noche, en una esquina, parada debajo de una luz, descalza, con ropa harapienta, sola, sin saber dónde estaba. La escena estaba cargada de una soledad abrumadora y de una sensación de desamparo absoluto. El trabajo con ese sueño permitió poner en palabras el desamparo infantil que había quedado encapsulado. También posibilitó advertir la repetición de esa posición subjetiva en su vida adulta: en su matrimonio había ocupado un lugar similar al de su infancia, sosteniendo, organizando, manteniendo unida a la familia, pero sin pedir ni recibir afecto de manera explícita. Su deseo infantil —que la familia permaneciera unida y a salvo— había organizado su modo de vincularse durante décadas. En ese movimiento, nunca había formulado con claridad qué necesitaba para sí misma. Siempre estaba ocupada en sostener a los otros.
La separación con su marido no solo implicó el fin de un vínculo, sino la caída de esa estructura inconsciente que la había orientado desde muy temprano. Al soltarse ese lazo, emergió la niña perdida que nunca había encontrado inscripción simbólica para su desamparo.
El recorrido analítico hacia ese pasado no tuvo como objetivo quedar fijada en él, sino permitir una resignificación. Al poder reconocer la continuidad entre aquella niña desorientada y la mujer adulta que hoy se sentía perdida, Leticia comenzó a reorganizar su presente desde otro lugar. Pudo comprender el sentido de su angustia, ubicar su posición en el matrimonio y, por primera vez, comenzar a interrogar su propio deseo.
Este proceso le permitió dejar de sostener un vínculo por función y empezar a construir lazos por elección. La relación con su ex marido se transformó: ya no desde la dependencia silenciosa, sino desde un diálogo posible entre dos adultos que comparten la historia y ahora también la llegada de los nietos.
Hoy, Leticia se encuentra transitando una nueva etapa.
El análisis le permitió ordenar su presente, reconectar con su deseo y construir una orientación propia. La familia continúa unida, pero ya no sostenida por la necesidad inconsciente de reparación, sino por la posibilidad de encuentros desde lugares diferenciados. El trabajo clínico no se orientó a “superar” la separación, sino a encontrar aquello que en ella se había desanudado.
Porque, en ocasiones, lo que irrumpe como crisis en la adultez no es más que el retorno de un extravío muy temprano que, por fin, encuentra un espacio para ser escuchado.

Traveling Abroad_edited.jpg

Lucia

Paciente

Lucía tenía 45 años cuando decidió emigrar a España, a la ciudad de origen de su familia materna. No fue una decisión impulsiva: venía trabajándola desde hacía tiempo en su espacio terapéutico.Primero, necesitó diferenciar qué quería cerrar de su historia y qué deseaba verdaderamente para esta etapa de su vida. Luego comenzó a imaginar su nueva realidad: cómo sería insertarse laboralmente, qué vínculos construir, dónde vivir, cómo sostenerse en un país distinto.


A los 43 años logró concretar la mudanza hacia ese lugar que recordaba de su infancia y que siempre había sentido cercano. Partió segura de su decisión, consciente de los desafíos del desarraigo y de las incertidumbres que toda migración conlleva.
Con el tiempo se fue instalando, armó su vida cotidiana y comenzó una relación de pareja que, al cabo de un año, se volvió significativa. Fue entonces cuando empezó a tener un sueño recurrente: soñaba todas las noches con una de sus hermanas fallecidas.
Al principio pensó que se trataba de nostalgia por la familia o de algún resto del duelo por su pérdida. Sin embargo, estaba convencida de haber elaborado esa muerte y de no querer regresar a Argentina. Lo que comenzó a inquietarla fue la insistencia del sueño: la escena se repetía cada noche, generándole una sensación de alerta y desconcierto.
Decidió iniciar un nuevo proceso terapéutico y decidió comunicarse conmigo, buscando una escucha fresca que la ayudara a comprender qué se estaba movilizando.
En las primeras sesiones relató su recorrido migratorio y la repetición del sueño. El trabajo clínico no se centró en la figura literal de la hermana, sino en una pregunta distinta: ¿a qué se parecía ese sueño en su vida actual?
¿Qué del presente estaba resonando con algo del pasado?
El sueño comenzó a leerse como un mensaje del inconsciente que señalaba una repetición. Poco a poco, Lucía pudo advertir que ciertas dinámicas de su relación actual tenían similitudes con modos vinculares que había sostenido durante años con su hermana y con su madre.
Aquello que le resultaba familiar —y por eso mismo naturalizado— no había sido registrado como repetición.
A partir de ese hallazgo se abrió un trabajo profundo: revisar cómo se ubicaba en los vínculos, qué lugares ocupaba frente a los otros, qué respuestas tendía a repetir casi de manera automática. Muchas de esas formas de relacionarse habían sido aprendidas y sostenidas durante años, al punto de volverse parte de su manera de ser.
En el espacio terapéutico fue posible desarmar esas escenas, interrogarlas y comprender qué la dejaba atrapada en estados de angustia, incomprensión y culpa.
Comenzó a diferenciar qué aspectos deseaba sostener en sus vínculos y cuáles necesitaba modificar o soltar para no seguir ocupando lugares que la dañaban.
La culpa apareció como un eje central y requirió más tiempo de elaboración. Estaba ligada a distintas etapas de su vida y a mandatos muy arraigados. A medida que pudo revisar esas marcas, empezó a reconocer límites, responsabilidades y también a habilitar un proceso de perdón hacia sí misma y hacia otros.
Cuando logró apropiarse de aspectos hasta entonces inconscientes de su modo de vincularse, estuvo en condiciones de decidir qué hacer con su relación de pareja y con aquello que ya no quería repetir.
Pudo reconocer que, aunque viviera en otro país, ciertas posiciones internas la mantenían en lugares conocidos.
Sólo después de ese recorrido sintió que el proceso migratorio se había completado verdaderamente. No se trataba sólo de haber cambiado de país, sino de haber modificado su posición subjetiva.
Al cumplir 46 años pudo nombrarlo con claridad: recién entonces sentía que se había ido definitivamente de Argentina.
Ya no sólo en términos geográficos, sino internos.
Se encontraba en un lugar nuevo, con menos ataduras invisibles y mayor libertad para elegir desde su propio deseo.

bottom of page